Maldigo a mi educación por no poder encontrar las palabras para describir lo que sentí con este libro. Pero si es cierto aquello de que Dios, según Kierkegaard, bendice a la vez que maldice a quienes elige, entonces Franz Werfel ha encontrado en Leónidas al personaje kierkegaardiano por excelencia. Porque aquél hombre carecía de todo, y muy pronto, por su propia industria y la combustión silenciosa de un fuego fatuo que lo empujaba, se hizo del mundo.
El mundo era Viena, y Viena lo esperaba.
Así como dice una canción «los perdidos que sin caminos vamos, siempre mucho más lejos queremos llegar», Leónidas llegó a ser funcionario del Ministerio de Educación vienés. Se casó con Amelie, una dama de la alta sociedad europea. Desde entonces, sostiene su estado de ánimo abrazado a la virtud, y recibe las propuestas de un mundo espléndido sin dejarse celar por nada. Es que de tanto decir que sí, aprendió a decir que no. Y en el camino, se ha liberado de todas sus deudas e incluso de las pasiones tristes.
Acaso también de la culpa, aquél invento tan poco generoso, según cree… Después de todo, su vida había sido un largo vuelo de zorzal que, escampando las montañas, tropezó con la ciudad exhibiendo su piel. Recordar sus ya muy remotos orígenes humildes no le servía de nada, como esos billetes que sobran en los bolsillos al volver del extranjero.
Hasta le da un poco de pereza abrir y corresponder la pila de cartas que se erige sobre su mesa, la mañana en que recibe sus cincuenta años. Pero se sobrepone y ahí empieza la literatura.
Como una aguja en un pajar, una posibilidad entre un millón, Leónidas reconoce una letra femenina azul pálido entre el montón de sobres. Se acuerda de ella. Décadas atrás, en sus años mozos y recién casado, trabajó como instructor en Alemania, en la casa de una modesta familia judía. Allí flirteó con la hija del patrón, la inteligentísima aunque pobre Vera, de la que enamoró y luego huyó: tan simple como todos pero sumamente cobarde para amar. ¡Locuras juveniles, la falta de consejos!
Ahora tiene entre sus manos una nota firmada por Vera, solicitándole ayuda para trasladar a su hijo de diecisiete años a Viena. ¿Qué hacer? ¿Contestar o fingir demencia?
Peor aún: recuerda otra carta enviada por Vera, quince años atrás, que nunca se atrevió a leer. ¿Y si aquel muchacho es su hijo? ¿Cómo seguir? ¿De qué le servirá su prudencia, el valor de la palabra empeñada, su juicio limpio y su servicio ecuánime, si de tal suerte depende su honor?
Uff… bueno. Es el año 1936. En la hora de necesidad, mientras los nazis implantan el terror y el destino de los judíos camina sobre Gólgotas, la vida —la prestigiosa y encomiable vida— de Leónidas resbala por los trazos caligráficos de su quebranto privado.
Chéjov decía que si en una narración se nos muestra un fusil colgado, tarde o temprano ese fusil deberá dispararse. Pero yo me quedo con Yuri Lotman: lo que verdaderamente importa es no saber si el fusil se disparará o no.
Esta novela trata sobre el proceso de demolición de un mundo, el mundo de ayer, del que sus habitantes estaban enamorados.
Pero lo preciosamente cautivante es enterarse de los pensamientos atormentados del protagonista, mientras su mundo se viene a pique glú-glú, sin que sepamos de antemano si aquél muchacho es su hijo o no.
*Reseñas es un programa de lectura compartida y escritura en voz alta de la Biblioteca Popular Osvaldo Bayer, que desde hace dos años pone libros, autores e ideas en conversación con la comunidad. IG @bposvaldobayer. Esta reseña fue realizada por @santiago.holmquist








