«Por decirlo de algún modo, estoy escribiendo en el agua», dice John Cage en una carta de marzo de 1990. En cierta forma, aquellas palabras recuerdan el epitafio del poeta inglés, John Keats, en cuya tumba puede leerse: «aquí yace uno cuyo nombre fue escrito en el agua». Tengo para mí que está hablando de la sensación de perplejidad que suscita su trabajo, desde la única actitud posible para un artista que hizo de su obra un constante experimento, un gesto fugaz sobre una superficie móvil.
Me hice de las cartas de Cage por un fastidio personal, por un intento desesperado de comprenderlo, aunque bien claro tengo que a menudo las obras maestras se reconocen muy lentamente. No tardé en caer en la cuenta de que, como diría Stendhal, «me harían falta cien años» para comprenderlo.
En todo caso, no hay ninguna prisa.
Así como Mallarmé quiso explicarnos lo que son los espacios blancos entre las líneas, creo que John Cage nos convenció de que la música tiene silencios decisivos.
Por momentos, es tan misteriosa su obra que sucede lo que suele sucedernos cuando terminamos de leer una gran novela: ese «hay algo aquí, tengo que probar de nuevo, fue un buen primer intento, pero debo volver a empezar».
Parece que existen directores de orquesta que pueden leer una partitura de Debussy y oír todos los instrumentos en su interior. Yo observo a esas águilas volando a una altura tan inalcanzable para mis orejas que, sin acceso a una partitura y siendo apenas capaz de tocar algunos instrumentos muy rudimentariamente, me encuentro totalmente a merced de las pasiones impresionistas, de lo que me gusta, de mis intuiciones de amateur.
Pero al final me aclaro: no hay nada malo en ser un amateur. De hecho, chusmeando un poco su etimología, hallo que la propia palabra proviene del latín «amator», que significa «amante» o «el que ama».
Y todos amamos la música, sea cual sea nuestra formación.
No he conocido a nadie que prescinda de la música.
¿Acaso la Tierra conoció alguna sociedad sin música?
Pienso en las canciones de los obreros egipcios sobre las que escribió Bertolt Brecht; incluso los que mueren de hambre en el desierto del Gobi tienen su música, a menudo muy compleja.
Porque la música acaba siendo casi una necesidad física, y un día sin música, se sabe, es un día muy triste.
Con ese ímpetu de salvación hay que leer las cartas de Cage, al tiempo que escuchamos sus composiciones.
Es un lenguaje único que atraviesa todas las fronteras lingüísticas, un esperanto de conmociones compartidas, casi como el ajedrez, esa lengua para quienes son mudos en todo lo demás. Su extrema experimentalidad nos da muchísima libertad, algo parecido a lo que sienten los poetas adolescentes cuando leen por primera vez a Salinger o Puig, y de lo cual podríamos extraer una enseñanza: que no deberíamos privarnos de la música que está surgiendo en estos momentos, perdernos de eso probablemente suponga perdernos de la energía musical de esta época y del futuro próximo; más aún, de una de las formas en que nuestro tiempo está aprendiendo a escucharse a sí mismo.
No es joda, yo mismo he pecado de arrogante con géneros como el techno, el house o el trap, pero luego de leer a Cage, no me quedan dudas de que para millones de personas esas músicas contienen el ritmo que requiere su vida interior. No es poco.
En lo que respecta a John Cage, ¿qué se puede decir de él? Bueno, ciertas persistencias: que intentó a toda costa borrar cualquier diferencia entre el arte y la vida; que buscó el sonido más allá de la música en sí (decía que componer es «arrojar sonidos dentro del silencio»).
Jamás excluyó el ruido ni lo subordinó mediante algún tipo de jerarquización académica, a lo mejor por el impacto que le generó la lectura de «El teatro y su doble», donde Artaud plantea que todos los elementos del teatro deben ser tratados de forma independiente en lugar de subordinarse a un hilo narrativo.
O quizá por eso siempre descreyó de la sintaxis en el lenguaje y la armonía en la música, a las que veía como legislaciones limitantes de lo experimentable.
Por lo demás, abrazó muy tempranamente la tecnología, en una época que aún concebía como una amenaza la irrupción de las máquinas en la música.
Y, a pesar de que su trayectoria personal fue intersectada por los dramas políticos, económicos y humanitarios del siglo XX, nunca dejó de creer que hacer música era «extremadamente importante donde sea posible».
En definitiva, sin darse cuenta siempre trabajó como un genio, digamos, autoimponiéndose reglas arbitrarias, ajenas a cualquier convención, y respetándolas de forma estricta.
Sus cartas recorren más de sesenta años de creación ininterrumpida.
Leerlas es como percibir la forma en que un sonido nace, continúa y finalmente se desvanece: la maravilla de una cosa que sale del silencio para luego volver allí.
*Reseñas es un programa de lectura compartida y escritura en voz alta de la Biblioteca Popular Osvaldo Bayer, que desde hace dos años pone libros, autores e ideas en conversación con la comunidad. IG @bposvaldobayer. Esta reseña fue realizada por Santiago Holmquist @santiago.holmquist








