La metamorfosis no es un libro de terror ni un tratado sobre la angustia, es una comedia doméstica sobre una familia que no sabe qué hacer con un problema en casa.
Gregor Samsa es viajante de comercio. Se levanta a las cuatro, pierde trenes, duerme en posadas mediocres, come mal, soporta a un jefe que lo humilla. No lo hace por vocación: lo hace porque su padre quebró cinco años atrás y la familia quedó debiendo dinero al mismo hombre que ahora lo emplea.
El cuerpo de Gregor —sus horas, sus nervios, su salud— es la garantía de esa deuda. La trama empieza el día en que la garantía deja de rendir.
Hay un malentendido persistente en torno a esta novela: se la lee como el relato de un hombre que se convierte en insecto, cuando en rigor es el relato de un hijo que deja de sostener la economía simbólica de su familia.
La transformación corporal es el síntoma, no la enfermedad.
La decisión más radical de Kafka es negarse a nombrar la especie. Gregor es Ungeziefer: una categoría de rechazo, no un taxón. Esa negativa impide la lectura alegórica fácil —“el hombre convertido en escarabajo”— y abre otra: la de un cuerpo que ha dejado de corresponder a la forma que su comunidad le exige.
La novela es una sucesión de puertas, cerraduras y umbrales, y detrás de cada uno hay un ser que no puede ser visto.
La transición del lector comienza en la última página del libro, que de alguna manera Kafka dejó en blanco para poder hacer una propia metamorfosis.
*Reseñas es un programa de lectura compartida y escritura en voz alta de la Biblioteca Popular Osvaldo Bayer, que desde hace dos años pone libros, autores e ideas en conversación con la comunidad. IG @bposvaldobayer. Esta reseña fue realizada por @nicolas.napoleon.r






