Hay una foto que hizo circular la policía brasileña y que inquieta hasta acorralarme el corazón, donde se puede ver a Stefan Zweig junto a su esposa, Lotte Altmann, tirados en la cama.
El primero yace muerto, transpirando entre los visajes de la agonía. Lotte quizá también, pero es imposible sustraerse a la impresión de que le está mirando la boca, y estremece pensar que eligió morir así, amándolo hasta en la última mirada del adiós. El frasco de veronal en la mesa de luz fulmina el misterio.
Así se fueron. Sus ojos se cerraron y de esa manera se extinguió lo que quedaba de mortal en el cuerpo de Stefan Zweig.
Dicen los más viejos del bar que alguna vez hay que leer a Stefan Zweig y yo fui a por ello. Me vino bien, porque antes había estado en Viena y conversado en secreto con Joseph Roth, que también era su amigo: quería un poquito más de ese mezcal.
El asunto es que empecé por imaginar una época (leer exige mucha inspiración ¿no es cierto?) y luego agregué un par de hechos a la vida de este hombre, de modo que pudiese participar solidariamente de sus recuerdos.
«Nací en 1881, en un imperio grande y poderoso, la monarquía de los Habsburgos, pero no se molesten en buscarlo en el mapa: ha sido borrado sin dejar rastro». Con esas palabras comienza El mundo de ayer, un libro que escribió en un hotel de Río de Janeiro, en el más helado ostracismo al que lo había empujado la Gestapo; solo tinta y papel, y ningún libro ni nada que le ayudara la memoria. Lo dio por terminado en el momento en que decidió quitarse la vida, luego de un largo peregrinaje por distintos países: sabía de submarinos alemanes merodeando Petrópolis y que sus horas resbalaban sobre Gólgotas.
Este libro cuenta la -ya muy inverosímil pero encantadora- historia de la Europa humanista previa al período de autoflagelación que supuso las dos guerras mundiales, y las masacres humanitarias que tuvieron lugar en el medio. Entonces fue escrito con menos entusiasmo que rabia, porque la época era rabiosa.
Pero empujado por el niño que todavía llevaba dentro, con todo aquello que había visto y vivido en su infancia y juventud, antes de aquel proceso de demolición, todavía había un mundo detrás de ese otro-mundo-ahora-atroz, aunque en esas horas más mental que real.
Es cierto que ese archivo de infancia, ese tesoro prístino que es casi nuestra voz interior con la que cruzamos el río a nado hasta reconocer el viento del mar a barlovento, ningún valor tendría -en esta ocasión- si hubiese sido escrito descuidando la literatura. Pero Zweig hace todo lo contrario: no sé bien cómo acierta al unir todos los puntos hacia atrás, pero la urdimbre es tan serena y embriagante que parece uno como conducido por un hilo de Ariadna hacia el origen de un mundo y un estado de cosas en el que la cultura era la virtud más noble, el dinero la aspiración más ruin, y la hermandad universal el valor fundamental.
Escribir es encontrar el tono, y es el tono lo que le da belleza a las anécdotas y puntos de vista que se van sucediendo unos a otros. Zweig, además, es naturalmente un escritor del siglo XIX, un poco barroco y romántico (eso que hoy se señala bajo el eufemismo de «solemnidad»).
El libro está escrito así, pese al clima de desesperación en que se concibió, y casi que evoca la fórmula del poeta inglés William Wordsworth, para quien la poesía es «emoción recordada en la tranquilidad».
Zweig, como todos, empezó siendo un snob. Y a esta altura sabemos que el snobismo poliniza la cultura: quiero decir, el deseo llevado en andas por la cultura produce cosas gigantes en corazones cautivos.
Fue el caso de Zweig, que además creció en Viena, y aquella Viena era un hotel de mil estrellas. Dicen que a los cinco años, Brahms le tocó el hombro mientras cruzaba por la calle. También que empezó por pedir autógrafos por correo a autores y compositores. Luego sus libros lo convirtieron en una celebridad mundial.
Se carteó con todos los que pudo y nunca perdió el hábito del fetichismo: consiguió la pluma de ganso con la que escribía Goethe, el escritorio de Beethoven, cartas manuscritas de Mozart, Rembrandt, Balzac y William Blake. Freud dijo de Stefan Zweig: «Comprendo sus pensamientos como si fueran viejos conocidos míos».
Trabó amistad con Joyce y Hermann Hesse, y fue de los pocos escritores famosos -junto con sus amigos Romain Rolland y Rainer Maria Rilke- que levantó su voz contra el desastre de la guerra, esa traición de la razón.
Es imposible seguir comentando un libro tan intenso, porque es difícil resumir una vida que participa con ardor en todos los acontecimientos de una actualidad. Además, el libro no es un conjunto de hechos, sino algo muchísimo más complicado, un intento por reconstruir la atmósfera espiritual de una época. En fin: un verdadero librazo. Resta decir que en 1940 Zweig visitó Argentina para dar una conferencia en la mítica librería de Laudelino Ruiz en Rosario. Todo indica que fue una especie de beatlemanía, porque al día siguiente escribió a su esposa que la sala fue invadida por 1500 personas, pero tuvo que intervenir la policía para controlar a las 3000 personas que había afuera.
Un número 1 total.
*Reseñas es un programa de lectura compartida y escritura en voz alta de la Biblioteca Popular Osvaldo Bayer, que desde hace dos años pone libros, autores e ideas en conversación con la comunidad. IG @bposvaldobayer. Esta reseña fue realizada por @santiago.holmquist






